recorrerá al fin el oscuro camino del olvido.
La soledad única de mi interior,
y los inocuos suspiros de un asesinado talento.
La melancólica sensación
de no pertenecer a un maldito,
a un poeta maldito.
Y los ceniceros de mi alma,
putrefactos por las lluvias,
rebalsados de pesares,
siguen y seguirán
quebrantando la sucia armonía
que en mi interior solía vibrar.
Alejados por las nuevas travesías,
en los olvidados navíos
seguirán ocultando sus rostros
ya decolorados, ya efímeros,
ya sucios y desde siempre silenciados.
Los desgastados y pusilánimes óleos
reflejos de los sublimes momentos
de perfección ya agotados:
hoy se inundan en lamentos,
se inundan, se borran,
infinitamente decepcionados y podridos
por el horizonte constante
de la complejidad de la vida.
